—¡Por qué, dije levantando los ojos al cielo, por qué, grande y poderoso Allah, conturbas mi espíritu y le sumerges en sombra!

¿No soy yo hijo del poderoso rey Al-Bahul, el de los ojos de diamante y la barba de oro? ¿No tengo riquezas y esclavos, soldados invencibles, y corazon valiente que no se estremece ante el peligro? ¿Por qué, pues, mi corazon arde en un deseo misterioso como si encerrase un volcán?

Apenas habia pronunciado estas palabras, cuando sonó en mi oido una música regalada, que parecia venir de muy lejos, pero que, sin embargo, yo oia como si sonase junto á mí.

Aquella música parecia provenir de las cuerdas de oro de una guzla, y poco despues la acompañó una voz dulce, dulcísima, que resonó en mi corazon como el arrullo de la tórtola en los oidos de su compañera enamorada.

¡Oh! esclamé al ver que aquella voz templaba el fuego de mi corazon como una dulce lluvia de rocio: ya sé lo que deseo; ya sé lo que siento; yo amo á esa vírgen que canta.

—¿Y qué cantaba la vírgen? dijo con ronca voz el salvage.

—Cantaba un romance muy triste, contestó Jacub.

—¿Y te acuerdas de él? repuso Kaibar.

—Quedó fijo en mi memoria, como el bote de una lanza de Damasco queda señalado sobre una adarga de Kufa.

—Yo quiero oir ese romance, dijo Kaibar, que cediendo á una especie de fascinacion estraña desarmó su arco y se sentó frente á Jacub.