Zairah desmayada aun, estaba entre los dos.

El lanudo perro, tomando parte en aquella escena, miraba alternativamente al uno y al otro.

—Sí, yo quiero oir ese romance, repitió Kaibar.

—Pues óyelo, dijo Jacub.

Y empezó de este modo con voz lenta y cadenciosa.

Libres los vientos—zumbando vagan;
libres navegan—las nubes blancas,
del firmamento—la azul campaña;
libres batiendo—las leves alas
las golondrinas—besan las aguas,
del ancho lago—que riza el aura;
libres las ondas—la curva playa,
amantes orlan—de espumas cándidas;
las mariposas—engalanadas
ora revuelan,—ora se paran,
entre las flores—de mi ventana,
y yo entretanto—me miro esclava,
me cercan muros,—puertas me guardan,
y en mis megillas—el sol vé lágrimas,
cuando aparece—por la mañana,
y aun vé mis ojos—que el llanto empaña
cuando á los mares—cansado baja.

Calló Jacub, y Kaibar que le habia escuchado atentamente, le dijo:

—¿Y qué hiciste despues de oir ese cantar?

—Me pareció que mi alma entera se habia trasladado al lugar desconocido de donde parecia haber venido aquel canto; conoci que la tristeza que antes me aquejaba era una tristeza de amor.

—¿Y amaste?