—¡Con toda mi alma!

—¿Y conociste á la virgen de tu amor?

—Sí.

—¿Y era ella? dijo Kaibar señalando con un ademán enérgico á la dama que aun estaba desmayada.

—Sí, era Zairah, dijo Jacub: con la diferencia de que cuando yo la conocí era blanca como un rayo de la luna, y cuando me dió su amor, cuando fué mia, cuando apuré en sus brazos la sed de mi amor, su tornó negra.

—¡Qué ha sido tuya Zairah! esclamó Kaibar levantándose demudado y feróz, y empuñando de nuevo su arco.

Jacub se levantó y miró con desprecio al salvage.

—¡Vete! le dijo; eres una bestia feróz, Kaibar.

—O me dejas á Zairah, ó tu vida, esclamó el salvage haciéndose atrás y armando de nuevo la flecha en el arco.

—¡Vete! repitió Jacub, ¡vete! y no me obligues á matarte.