El salvage palideció de cólera, entezó su arco, y disparó.

Pero la flecha rebotó en el coselete de Jacub, que se lanzó furioso sobre el salvage y le estrechó entre sus brazos.

Parecia que Kaibar debia ahogar entre los suyos á Jacub: tanto, al parecer, le aventajaba en fuerzas.

Pero no sucedió así.

Como si la armadura de Jacub hubiese tenido vida, fuerza y voluntad, aquella negra y reluciente armadura se movia, estrechaba, sofocaba al salvage.

—¡Oh! tú tambien tienes pacto con Satanás, dijo Kaibar, y Satanás te protege, esclamó redoblando sus esfuerzos.

Pero en aquel momento, Jacub levantó su brazo armado con su puñal y le sepultó por tres veces en el pecho del salvage: á la primera puñalada, los brazos de este dejaron de oprimir á Jacub; á la segunda se doblegó; á la tercera cayó rebotando en la sima, impulsado vigorosamente por Jacub.

El perro lanzó un gruñido horrible y se puso á lamer la sangre de Kaibar que habia quedado entre las piedras.

En aquel momento volvió en sí Zairah.

Ningun vestigio habia quedado del crímen. Kaibar habia desaparecido en la sima; el perro habia lamido su sangre; Jacub habia arrojado al abismo su puñal.