Ervigio se alejaba por la orilla del rio.

De repente tropezó en un objeto, y oyó una voz áspera que se quejaba.

Ervigio habia tropezado con un hombre, que estaba sentado al borde de una roca sobre el rio, con una caña de pescar en la mano.

Aquel hombre era muy singular, tan pequeño que apenas llegaba á la cintura de Ervigio, jorobado, patizambo, tuerto y viejo.

Alzóse al ser tropezado en ademán amenazador y puso mano ferozmente á su puñal y se encogió como el tigre para dar el salto sobre su presa.

Ervigio puso mano á su espada.

Pero al verle el enano, se amansó, envainó su puñal, sonrió horriblemente, arrojó su caña al rio, y dijo con acento singular entre burlon y cruel.

—He aquí que el rio no me ha dado ni un solo pececillo, pero la tierra me ha dado una buena pesca. Yo te esperaba.

—¿Qué me esperabas?

—Sí, ella me habia dicho: el dia en que te sentares en la roca, y echares tu anzuelo al rio y no sacares del agua peces, desde que el sol salga hasta que se ponga, aquel dia habrás encontrado al que mi alma adora.