—¡Ah! dijo Ervigio; ¿esa profecía te la habia hecho conocer una muger?

—Sí, poderoso y afortunado señor, una vírgen hermosa.

—Déjame continuar mi camino, dijo Ervigio, que como estaba poseido de la ambicion, rechazaba al amor.

Pero el enano no se apartó del sendero.

—El sol se ha puesto y no he sacado del rio ni el mas pequeño pececillo; tú eres, pues, el mancebo á quien ella ama, yo te esperaba, has venido y yo te he hallado, rey de los godos.

—¡Rey de los godos! esclamó Ervigio.

—Sí, tú serás rey por el amor de ella. Sígueme.

Y el enano saltó de la roca abajo á la selva, y Ervigio, que habia oido saludarle como rey por aquel estraño jorobado le siguió.

IX.

Habia en el centro de una oscura selva de encinas, sobre una eminencia, rodeada por un arroyo, una torre triste y solitaria, cubierta de musgo y enmohecida su puerta de hierro.