—Pero yo te veo; veo tus ojos, veo tu boca que me sonrie.

—Sí, sí, eso es verdad; es que mi espíritu toma la apariencia de mi cuerpo, pero para que te convenzas, llega á mí y áseme si puedes.

Leila-Fatimah se dirijió al diablo, disfrazado con la figura de Abraham, y aunque el diablo no huyó, solo cojió Leila aire.

—¿Y cómo te llamas? dijo jadeante de deseo la hermosísima doncella.

—Abraham.

—¿Y vives en la casa de mi padre?

—Sí.

—¡Oh! pues yo haré que mi padre abra las puertas de mis habitaciones para que pueda entrar tu cuerpo.

—Tu padre no consentirá, porque te guarda para el califa de Damasco.

—¡Para el califa, que será un señor muy sério y muy déspota que me tratará como á una esclava! dijo Leila-Fatimah; no, yo te amo á tí, y solo seré tuya: mi padre me ama y no me negará el ser tu esposa.