—Tú no serás mi esposa mientras tu padre viva.
—Mi padre me ama.
—Tu padre ama mas al oro, y espera que el califa le pague esplendidamente tu hermosura.
—¡Oh!¡oh! dijo Leila-Fatimah, en cuyos ojos apareció una espresion terrible: pues si eso es verdad, mi padre no me venderá al califa. Yo soy sábia, mas sábia que él, ¡oh! ¡oh! mi padre no me venderá al califa, y tú serás mio, yo te le juro.
—Ya eres muger y hermosa, y dentro de tres dias, tu padre te meterá en un palanquin y te llevará á Damasco.
—No me llevará.
—Lo veremos; tu padre se acerca, y yo me voy, quédate en paz.
Y el diablo, se desvaneció como humo.
Leila-Fatimah, se quedó desesperada.
Poco despues, sonaron llaves y cerrojos y puertas, y el severo médico entró en el retrete donde acurrucada en un diván estaba su hija llorando.