Al verla el médico, pálida y desolada, se aterró.

—¿Qué te contrista, alegría de mi vida, esperanza de mis canas? dijo el médico.

—Amo á un hombre, buen padre mio, dijo Leila fijando en él sus hermosos ojos negros llenos de lágrimas.

El médico, á pesar de sus años, dió un salto.

—¡Que amas!... ¡que amas á un hombre! esclamó temblándole la barba de miedo y de cólera. ¿Mas cuándo has visto á un hombre?

—Yo amo á tu discípulo Abraham.

—¿Pero dónde has visto tú á mi discípulo? esclamó en el colmo de su cólera, el médico.

—Yo le amo, y quiero ser su esposa, contestó Leila-Fatimah llorando como un niño voluntarioso.

—Tú no has nacido para ese perro judío, esclamó completamente fuera de sí el médico.

—Yo le amo y le quiero, repitió Leila llorando mas fuerte.