—Pero ¿cómo, cuando, donde le has visto?
Leila no quiso decir la verdad á su padre porque amaba á Abraham, y no queria esponerle á la cólera del viejo.
—Yo soy sábia, padre: un dia mi corazon se abrasaba en un fuego dulce y desconocido: tenia sed en el alma. Entonces evoqué á un génio y le dije:
—¿Por qué mi sueño es fatigoso; por qué lloro sin causa; por qué mi corazon se estremece, y mi alma está triste?
—Tú amas, me dijo el génio: has llegado á la edad en que el corazon de una vírgen se abre como el capullo de una rosa para recibir el rocío de la mañana.
El médico se desesperó porque no habia contado con la naturaleza, que habla al alma de las niñas aunque se las guarde en el fondo de un pozo.
Porque el amor nace con ellas, y llega un dia en que habla, y seduce y enloquece.
Y se arrepintió de haberla hecho sábia.
Pero quiso saber hasta el fin todo el secreto de los vírgenes amores de su hija.
—¿Y dónde has visto á Abraham? la dijo.