—¡Soy sábia! dijo con énfasis Leila.

—¡Ah! has buscado un hombre y ha venido á tí la imágen del que tenias mas cerca: pues bien, yo apartaré de tí ese peligro.

—Si le apartas de mí moriremos, padre, dijo con acento solemne Leila.

—¡Que moriremos! esclamó con espanto el médico.

—Sí, porque yo moriré sin su amor, y el remordimiento de haber causado mi muerte, te matará.

Leila, invirtiendo su pensamiento se habia sentenciado.

Un terror vago llenó de un frio apenador el alma del médico, y huyó encerrando de nuevo á su hija.

Procuró dominarse, sin embargo, y llamó á Abraham, y sin decirle la causa de su resolucion, le despidió.

Abraham, pues, que nada sabia, tomó la bolsa que le dió su maestro, el médico, montó en el asno, y se alejó de la casa.

XV.