Apenas habia pasado una luna, desde que Abraham habia salido de casa de su maestro, de su segundo padre, cuando una noche llamaron á grandes golpes á la puerta de su casa.

Abrió y vió á uno de los esclavos del médico.

—Mi señor se muere, dijo el negro; se muere de una enfermedad desconocida, le han visto todos los médicos de Alejandría y ninguno ha podido descubrir la causa de su mal, tú eres el único que no le ha visitado, ven.

—¡Que mi padre, mi buen anciano padre se muere! esclamó todo asustado y trémulo el buen Abraham.

Se echó sobre los hombros su capellar, y sin toca para no detenerse, siguió á la carrera al esclavo negro.

Cuando llegó á la casa del padre de Leila, le encontró delirando.

El viejo no le conoció.

Algunos médicos estaban alrededor de su lecho.

—Esta es una lámpara que se apaga, dijo llorando Abraham, pero yo no sé que aceite pueda reanimarla.

—Ni yo.