—Ni yo.
—Ni yo, dijeron los otros médicos.
Revolviéronse los autores mas graves que tenia entre sus buenos libros el difunto, y en ninguno se encontró ni la mas leve noticia, ni la mas leve indicacion de la enfermedad misteriosa que mataba al viejo.
Y su vida se acababa, se acababa.
Y los médicos profundamente contrariados porque se veian en aquel momento ignorantes, miraban con cólera los progresos del mal, que se les reia en sus barbas acabando de una manera rápida, segura y cada vez creciente, con el enfermo.
Al fin, el viejo dió una gran voz pronunciando el nombre de su hija en acento amenazador como si la hubiera emplazado ante la justicia del Altísimo, y espiró.
En aquellos momentos, el diablo, que estaba delante de Leila-Fatimah, bajo la figura de Abraham, dijo á la infame virgen parricida:
—He cumplido tu voluntad, tu padre no te venderá al califa de Damasco, porque tu padre ha muerto.
Y la maldita parricida se levantó de sobre su diván, y esclamó:
—Al fin soy libre como las aves de la selva, y el aire del firmamento, y la luz del sol, soy sábia, y buscaré á mi amado y me uniré á él.