Encontraron ánforas llenas las unas de oro acuñado, las otras de perlas, las otras de diamantes, y de piedras inestimables otras muchas.

Todo esto, lo habian encontrado en un sótano tapiado.

De buena gana el cadí se hubiera quedado con todo aquello, porque el difunto habia disimulado de tal modo por avaricia su riqueza, que todos le creian pobre.

Pero iban con él muchos ministros de justicia, y los dos esclavos negros, y la esclava cocinera del médico, y se vió obligado á ser justo y recto, y á hacer un fiel inventario.

—Gran herencia encuentra aquí el califa, dijo el cadí que creia que el médico habia muerto sin herederos.

—Te engañas, dijo uno de los esclavos, porque nuestro señor tiene una hija.

—Lo ignoraba, dijo el cadí con alegria, porque tratándose de un heredero muger, creyó que le seria facil abusar de su ignorancia y quedarse con parte de la herencia.

—Nada tiene de estraño que no lo supieras, dijo la esclava, porque mi señora es muy hermosa, y su padre la recataba mucho, y la tenia siempre encerrada de modo que ningun hombre la ha visto, ni ella ha visto á ningun hombre.

—¡Ah! ¡ah! he ahí una buena crianza, dijo el cadí; vuestro amo era un varon sábio y justo y temeroso de Dios, y no hacia como esos padres que dejan ver á todos la hermosura de sus hijas, y comercian con su impureza. Y en verdad, en verdad, dijo el cadí que examinaba unos pergaminos del difunto, he aquí una escritura en que vuestro amo declara que tiene una hija llamado Leila-Fatimah (hermoso nombre), y declara para en el caso de que le sorprenda la muerte, que no tiene otro hijo y que esa doncella es la heredera de todas sus riquezas. ¿Quién habia de creer que vuestro señor era tan rico y que tenia por hija una tal joya?

Y el cadí se hizo conducir á las habitaciones de Leila-Fatimah, á la que encontró durmiendo apaciblemente ó fingiendo que dormia.