Sus esclavas doncellas que la servian tan emparedadas como ella, la despertaron y Leila salió soñolienta y admirada á recibir al cadí.

Al saber que su padre habia muerto, Leila fingió la mayor desesperacion; se mesó los cabellos, se rasgó los vestidos y maldijo la hora en que nació para ver morir á su padre.

Satanás, escondido en un rincon del retrete, se reia, enseñando sus negros colmillos, del fingido dolor de Leila-Fatimah.

Entrególa el cadí las riquezas de su padre, la saludó con las frases mas pomposas, la deseó fecundos consuelos, y llamándose su esclavo, salió de la casa con sus gentes.

Leila-Fatimah, protestando que queria quedarse enteramente sola para llorar á su padre y dejarse acabar por el sentimiento, dió á cada uno de sus esclavos la libertad y algunas monedas de oro, y los despidió.

Los esclavos salieron de la casa como los pájaros á quienes una mano compasiva abre la jaula donde han estado encerrados largo tiempo, y bendijeron la muerte del viejo médico, que aunque los habia tratado bien, porque no era malo, los habia tenido largos años enflaquecidos y hambrientos, porque era avaro.

Leila se quedó en su casa enteramente sola.

Entonces, valiéndose de su ciencia mágica, evocó al diablo.

—Aquí estoy, señora mia, dijo Satanás presentándose como siempre, bajo la figura de Abraham, ¿qué me quereis?

Leila fué á arrojarse entre sus brazos, pero el diablo se le huyó.