—¿Por qué no ha entrado hasta mí tu cuerpo con tu alma? dijo la enamorada jóven: ¿no están abiertas mis puertas?

—Yo no tengo cuerpo, dijo el diablo.

—¿Pues quién eres tú? dijo asombrada Leila-Fatimah.

—¿No te lo dice tu ciencia?

Leila se reconcentró, miró fijamente al diablo, y esclamó:

—¡Ah, tú eres Satanás!

—Al fin, me has mirado con los ojos de la ciencia y no con los del corazon, y me has reconocido.

—¿Y Abraham? dijo Leila.

—Está llorando sobre la sepultura de tu padre.

—¿Y no piensa en mí?