—No te lo diré si no me lo pagas.

—Ya te he dado mi alma por la vida de mi padre.

—Dame las almas de tus hijos.

—¡Oh! eso no.

—Pues bien, Abraham no te amará.

—Y si te doy mi descendencia...

—Abraham será tuyo.

—Pues te la doy.

—Firma aquí, dijo el diablo poniendo un pergamino escrito con fuego delante de los ojos de Leila-Fatimah: firma con tu sangre.

Leila se arrancó un alfiler de oro de su peinado, y se rasgó un dedo.