Corrió la sangre, y con ella firmó la jóven el escrito que el diablo le habia presentado, y que era una escritura solemne, por la cual Leila cedia su descendencia al espíritu de las tinieblas.

—Dime ahora la virtud de ese talisman.

—Tiene muchas: en primer lugar, á ese talisman obedece un génio.

—¿Y cómo he de hacerle aparecer?

—Cuando quieras hablarle, ponte el abanico primero sobre el corazon, luego sobre los ojos, y últimamente sobre la cabeza. Luego di por tres veces: génio esclavo del abanico de Fatimah la Santa, ven.

Leila, estaba impaciente por conocer la virtud del talisman, é hizo lo que el diablo le habia dicho.

Inmediatamente la habitacion en que la jóven estaba, se llenó de un humo rojo y denso, que se fué haciendo mas denso, hasta que se convirtió en una nubecilla; luego la nubecilla, cayó al suelo, se prolongó, se adelgazó, tomó formas, y apareció un hombrecillo, tal y tan diminuto, como el dedo índice de Leila, que era muy pequeñito.

Aquel hombrecillo, saltó del suelo y se asió al broche del seno de Leila, y la miró con unos ojillos relucientes y negros como los de un pequeño raton.

Era de color cobrizo, con la nariz larga, el rostro largo y la barba puntiaguda: tenia puesto un gorro dorado, y el diminuto cuerpo vestido con un sayo dorado, en la mano tenia una vara delgada y larga como una fina aguja, y en la punta de la vara un cascabel que sonaba, sonaba sin cesar; y el geniecillo se reia mirando á Leila-Fatimah.

Leila se desaferró del broche de diamantes de su seno, y al genio le puso sobre la palma de su mano.