—¿Qué quieres? la dijo el genio haciéndola un mohin y dando una cabriola y con una vocecita como la de un pájaro.
—Quiero un palacio mas rico que el del sultan de la India.
Inmediatamente Leila se encontró en un magnífico y resplandeciente alcázar, dentro de un pabellon desde el cual y entre columnas de resplandecientes mármoles, se veian torres y muros dorados, y mas allá de los muros, jardines y lagos y horizontes azules.
El diablo habia desaparecido.
El alcázar era sonoro.
Parecia exhalar de sí una música deliciosa que convidaba al sueño.
Anchos y blandos divanes ofrecian reposo.
Fuentes de aguas olorosas refrescaban y embalsamaban el ambiente.
Todo aquello era magnífico.
—Quiero que venga aquí el tesoro de mi padre, añadió Leila.