Y se abrió sus magníficas túnicas, dejando descubierto el cingulo que tenia sobre su cintura desnuda.

Abraham se arrodilló, y quitó el cingulo á Leila.

En aquel momento se oyó un estruendo pavoroso como el de un inmenso edificio que se desplomara: oyóse una carcajada horrible, y la voz de Satanás que dijo:

—Has perdido el talisman de la madre del profeta por tu impureza, y al derrocarse el alcázar de tus locos deseos, se ha sepultado con él el tesoro que habia reunido la avaricia de tu padre.

—Pero Abraham es tuyo.

—Suya eres tú.

—Y bien: su amor me basta, esclamó Leila-Fatimah.

XXIV.

Encontróse de repente Abraham caminando entre montañas, llevando delante su asno, y sobre su asno una muger hermosísima y sencillamente vestida.

Abraham habia perdido completamente la memoria de lo que le habia acontecido.