Era que crucificaban al morabitho.
Al oir aquellos lastimosos gemidos, Abraham dejó de orar.
Un terror vago empezó á apoderarse de él.
De repente se abrió la puerta de la mazmorra, y unos feroces esclavos entraron con un hornillo encendido y unos hierros de forma horrorosa.
Entonces Abraham temió á la muerte, y esclamó:
—¿Acaso no se habrá engañado el morabitho? y llegó... yo no quiero morir...
Apenas habia pronunciado estas palabras, cuando se encontró en una magnífica y resplandeciente cámara nupcial delante de Leila, cuya hermosura era tal, como la de un arcángel.
Abraham creyó que le habian matado en la mazmorra, y que se encontraba en el paraiso delante de su hurí.
—Sí, sí, dijo Leila; has muerto y eres mio.
Pero quítame mi cingulo de pureza, porque de otro modo no podré ser tuya.