—¡Apoderaos de esos dos traidores, y cargadlos de cadenas!
Abraham y el morabitho fueron conducidos á la alcazaba del califa, y arrojados en profundas mazmorras.
Abraham sin temor estuvo orando á Dios.
Sentia, sin embargo, en su alma un combate rudo que no era terror á la muerte.
Parecíale que una voz poderosa le llamaba, y que una fuerza irresistible tiraba de él.
Era que Leila, viéndole fuera de la casa de Dios, donde únicamente estaba protegido por sus encantos, compelia al génio á que le trajese á sí.
Pero Abraham, tenia fijo el pensamiento en Dios, no le habia asaltado el temor de la muerte, y Dios le amparaba.
Pero de repente se oyeron gemidos de agonía.
Gemidos horribles.
Y junto á los gemidos, gritos y risas de verdugos.