Y el califa dió á Abraham, en premio de su curacion, un palacio con jardines dentro del mismo Damasco, y muchos miles de mitcales de oro.

Y entonces dijo Leila á Abraham:

—Oye, amado mio, el oficio de médico es trabajoso: ir de acá para allá, correr todo el dia; levantarte de noche de entre mis brazos para ir á curar dolencias... te tengo muy poco tiempo á mi lado, y yo te amo mucho, con toda mi alma, y quisiera estar siempre á tu lado.

—¿Y qué hemos de hacer?

—Deja de curar á otro que al califa: pídele licencia para vender el palacio que te ha dado, y que es muy grande y demasiado magnífico para nosotros, y con el dinero de la venta del palacio, y el que te ha dado el califa, compremos joyas y ricas telas y perfumes, y pongamos una tienda: yo atraeré á los magnates, que comprarán sin escusar el precio por hablar conmigo, y además prestaremos con usura y nos pondremos muy ricos.

—Pero eso es ofender á Dios.

—Yo no tengo mas Dios que tú, y además, tenemos un hijo.

—Lo pensaré, dijo Abraham.

Abraham hasta entonces era inocente: no habia ofendido á Dios; creia haber encontrado en un camino sola y abandonada á una hermosa y casta doncella que habia huido de casa de unos parientes codiciosos que querian venderla, porque habia olvidado lo del encanto y aquel resplandeciente alcázar donde habia quitado su cíngulo de pureza á Leila-Fatimah, que al perder el talisman no habia perdido su ciencia y habia engañado á Abraham. Este se habia casado con ella y habia seguido siendo bueno y compasivo.

Cuando Leila le propuso que aumentara su dinero con la usura, Abraham, que amaba ciegamente á su esposa, vaciló; pero aun le quedaba temor de Dios, y consultó á los astrólogos.