Estos, uno tras otro, hasta siete, á quienes buscó, le dijeron una misma cosa.
—Esto es: sepárate de tu muger, que le perderá: porque es un espíritu maldito vendido al diablo.
Pero creia tan buena y tan inocente á su esposa Abraham, que creyó mas bien que los astrólogos eran unos ignorantes, que no que decian la verdad, y despreció sus avisos.
Desde aquel momento pecó Abraham desoyendo las revelaciones de Dios.
Y como amaba á Leila-Fatimah, sobre todas las cosas, cedió al fin á sus halagos; vendió con licencia del califa en una gran cantidad á un príncipe de Persia el palacio que el califa le habia regalado, y con este dinero, y el que antes tenia, compró púrpuras, y sedas, y brocados, y perfumes, y alhajas, y puso una hermosa tienda en el bazar de Damasco.
Al mismo tiempo se negó á curar á todo el mundo, menos al califa, lo que fué una falta de caridad, y se pasaba los dias enteros en el fondo de la tienda, sobre una tarima y una alfombrilla, mascando opio, jugando sobre sus rodillas con su pequeñuelo Jamné, y tocando la guitarra, mientras Leila escitaba con sus miradas á los hombres poderosos que pasaban por delante de su tienda, y que compraban muy caro el breve placer de hablar algun tiempo con la hermosísima mercadera.
A puestas del sol se cerraba la tienda, y los dos esposos comian espléndidamente, bebian contra la ley licores espirituosos, y luego se entregaban á un amor desenfrenado.
Su oro se habia aumentado y se aumentaba cada dia mas, por medio de la usura.
Desde muy pequeñito, Leila á hurtadillas de su padre, enseñaba á su hijo su ciencia maldita.
Los dos esposos estaban continuamente ofendiendo á Dios.