«Vuélvete si no quieres que su llanto no se seque jamás.»
—¿Quién eres tú, génio misterioso, que así me hablas? dijo Jask deteniendo su caballo; tu acento es dulce como el gorjeo del ruiseñor, y melancólico como el zumbido del vientecillo de la tarde en las hojas de la palmera. ¿Por qué no te dejas ver de mí?
Tembló ligeramente la tierra, arrojó una llamarada roja, y quedó ante Jask una muger hermosísima.
Sus cabellos negros, negrísimos, y tan largos que caian hasta sus pies en anchos rizos, estaban ceñidos por una corona de mirto seco.
Su semblante era moreno, sus ojos negros, brillantes, ardientes, y su túnica blanca con una blancura que deslumbraba.
La hermosura de aquella muger, quemaba el corazon.
—¿Quién eres? la preguntó Jask.
—Yo soy Giazul, el génio del desierto, respondió la hermosa jóven; mi carro es la niebla roja, y mis potentes caballos son el Simoun.
Al desplegarse mi túnica, se enrojece el cielo, la tierra tiembla espantada, las palmeras gimen, las rocas se estremecen, las águilas apresuran su vuelo, y las fieras rugen asombradas y yertas de espanto.
Al ruido de mi carro de combate, los caravaneros palidecen, los camellos apresuran su marcha, y los caballos corren, corren, corren, gimiendo.