Cuando yo he pasado, ni palmeras, ni rocas, ni águilas, ni fieras, ni caravanas; montes de arena blanca y reluciente, son las fúnebres huellas de mi paso.
¡Ay del insensato que se atreva á poner la planta en mis dominios, si no le ayuda Dios el Misericordioso y el Invencible!
Vuélvete, hermoso caballero, vuélvete; aunque yo plegue mi túnica y duerma mientras tú pasas;
Aunque las arenas del desierto permanezcan inmóviles, mas allá están los terribles jigantes.
No quieras condenar al dolor de la viudez á tu amada, y á la orfandad á la hija que vive en sus entrañas.
—¿Qué importa que muera yo, si muero por salvar un pueblo entero? dijo Jask.
Destellaron un brillante relámpago los ojos de Giazul.
—Noble y generoso es lo qué acabas de decir, esclamó el génio; quiero ayudarte. ¿Pero tienes tú el alma bastante fuerte para resistir á la prueba?
—Habla, poderoso génio, habla; dijo Jask.
—Solo puedes vencer de una manera á los jigantes.