Y siguió su camino vacilante, trémulo, débil, seca la garganta, sufriendo el crudo aguijon del hambre, desvanecida la cabeza.
Resbaló sobre una roca, y cayó desde una altura inmensa.
Encontróse del lado de un camino por donde pasaba mucha gente.
Unos iban en hombros de sus esclavos, otros ginetes en poderosos caballos, otros en camellos, otros en jumentos, aquellos en carretas de bueyes.
Todos hacian cómodamente su camino.
Jask, hambriento, estropeado, se arrastraba sobre sus manos.
—Mira, decia una voz misteriosa á su oido; aquel faquí va cómodamente sentado sobre las hamugas, va satisfecho y repleto. ¡Si tú fueras como él!
—Dios le prospere, decia Jask.
—Aquel walí va ginete en un poderoso caballo, mira como galopa... allá va, allá va... ya se pierde... ya se perdió... y tú sigues arrastrándote.
—Dios me ayudará para que llegue al fin de mi camino.