En medio de ella, allá lejos, muy lejos, se alzaba una ciudad jigantesca.
A pesar de la distancia, Jask veia sus puertas de quince codos de altura, y las enormísimas piedras de sus muros.
El camino por donde marchaba Jask estaba sembrado de huesos humanos.
Apenas el caballo de Jask hubo puesto los cascos en aquella llanura, cuando se oyó un horrísono estruendo en la distante ciudad.
Por sus cien puertas empezaron á rebosar en la árida llanura ejércitos de jigantes.
Sus voces formidables como las del trueno, juntas y discordantes, ensordecian el espacio.
El perro se hizo atrás, se sentó amenazador y rugió.
El caballo se plantó, enbiestó el cuello y tembló.
Solo Jask permaneció impávido.
Y los jigantes adelantaban inundando la llanura.