Cuando llegó á la ciudad, á la ciudad monstruosa, huian desordenados delante de él, millares de monstruos aterrados por el ejemplo de la desgracia de sus compañeros.
Delante de todos iba el que llevaba la bandera.
Pero el perro y el caballo corrian mas que los jigantes.
Los alcanzaban, y Jask arrojaba nuevos puñados de sal, y aparecian nuevas rocas.
Al fin solo quedó un jigante, pero doblemente mayor que los otros.
Aquel era su rey.
Aquel llevaba la inmensísima bandera.
Jask no le alcanzó hasta el centro de la plaza de la ciudad.
Y aquella plaza era un campo de muchas leguas.
Jask arrojó un puñado de sal al jigante, que inmediatamente se convirtió en roca.