Ni el mas leve ruido salia de ella; ni en sus galerías ni en sus ajimeces se veia el reflejo de una luz.
O aquella casa estaba inhabitada, ó sus moradores, á pesar que era el principio de la noche, se habian entregado ya al reposo.
Pero de repente, una voz de mujer, mas dulce que la del ruiseñor que cantaba en la espesura, mas grave que el murmurio del rio, mas suspirante que el gemido de las brisas, cantó poco despues de la llegada del mancebo como para demostrar que todos los habitantes de aquella casa no estaban entregados al sueño.
Hé aquí el romance que aquella voz cantó al son de una guzla; romance cuyas palabras llegaron claras, distintas y tentadoras á los oidos del mancebo.
Del encantado palacio—de las Perlas soy el genio,
y esperando mis amores—envuelta en su encanto duermo.
Guárdanme como la joya—del avaro entre el misterio
de tenebrosos conjuros—velada en niebla y silencio.
Ven, ¡oh, lumbre de mis ojos,—que me abrasas en tu fuego,
y para tí mi hermosura—y mis alcázares tengo!
Soy virgen y de mi frente—dicen que mata el destello,
en dulce encanto de amores—ó en triste penar de celos.
Son mis alcázares reales—la maravilla del tiempo,
y en motes de amor tu nombre—está en dorados letreros
en cintas de azul y grana—escrito en sus aposentos.
Regaladas alkatifas—para tu descanso tengo,
y velarán blancas gasas—de tus amores el sueño.
¡Ven, esposo de mi vida!—¡Regalado sol que anhelo!
¡Ven! mis alcázares tienen—para tí sombra y silencio,
y en ellos con mis amores—luz de mis ojos te espero.
El jóven escuchó trasportado este romance, sus ojos se animaron gradualmente, y cuando la voz cesó, se levantó de una manera nerviosa, dejó caer el arco, y estendió sus brazos hácia la blanca casita.
—¡Oh! tú quien quiera que seas, esclamó, muger ó hurí, fruto bendito de una muger, ó arcángel del sétimo cielo; héme aquí que es la tercera vez que abandonando á mis guerreros vengo en tu busca: héme aquí ciego sin la luz de tu hermosura, y si no apagas con tu amor la sed de mi corazon, moriré como la triste florecilla á quien faltan los rayos del sol.
Apenas habia pronunciado el jóven estas palabras, cuando revoló, viniendo no sabemos de donde, alrededor de su cabeza un enorme buho. Al sentir el ruido de sus alas el mancebo se estremeció: al verlo recogió el arco que habia dejado caer, armó en él una flecha y la asestó al pájaro nocturno; este se precipitó en un largo vuelo sobre la casita blanca, y penetró en ella por el oscuro arco de un ajimez; la flecha disparada por el mancebo penetró por aquel mismo ajimez en la casita.
Entonces el jóven creyó oir una carcajada leve, que al parecer salia de la casa; carcajada burlona, intencionada, cruel, en que habia algo de desesperado, algo de insensato.
—¡Siempre! esclamó: ¡siempre ese pájaro maldito! ¡en mi torreon de Loja, en las ruinas del templo romano, aquí! ¡y esa carcajada que me hiela la sangre y que me parece una amenaza!... ¡Una amenaza! ¿y por qué?