Luego siguiendo la corriente del rio arriba, atravesando con frecuencia su escaso raudal, que serpeaba entre los altos barrancos que se llaman todavía las Angosturas del Darro, continuó su marcha por espacio de una hora, y no se detuvo sino en un lugar donde el rio hacia un profundo remanso, apilando su corriente como en un estanque, en una ancha y profunda hondonada del terreno.
El lugar en que el incógnito se habia detenido, era sumamente pintoresco; anchas y tupidas cortinas de yedra cubrian las cortaduras de aquel ensanchamiento circular que tenia la forma de un gigantesco anfiteatro. Las dos estrechas aberturas por donde entraba y salia el rio, estaban unidas como por un pabellon flotante, por cortinages de enredaderas que descendian hasta la corriente: sobre los bordes de las cortaduras, como verdes cabelleras, se levantaban las frondas odoríferas de los árboles frutales; brillaba la luna en la tranquila agua del remanso, y en los blancos muros de una casita que se veia en la márgen opuesta entre álamos y cipreses: delante de esta casa se veia un jardin, el perfume de cuyas flores traia consigo el aura de la noche, y un ruiseñor enamorado cantaba entre la espesura uniendo sus cadenciosos trinos al monótono murmullo del rio.
Al lado opuesto en la estrecha faja de arena pedregosa que dejaba libre el remanso, se veia una negra abertura entre la maleza, que servia sin duda de entrada á una gruta.
El incógnito miró en torno suyo, y despues de contemplar indolentemente cuanto le rodeaba, se sentó sobre una gruesa piedra á la orilla de las aguas.
La luna le iluminaba de lleno con su blanca luz.
Era un mancebo como de veinte años: por su apostura, por la espresion de su semblante y por lo rico de sus vestidos y de sus armas, podia decirse que pertenecia á una poderosa y nobilísima familia mora.
Examinémosle, puesto que la luna nos alumbra, y la soledad y la belleza del sitio nos convidan al reposo.
Era blanco como la espuma de las aguas, y de formas delicadas y hermosas como las de una dama: sus ojos negros brillaban en una mirada indolente, pero fija, poderosa, audaz; ni el mas ligero bozo asomaba en su semblante de niño, á pesar de que su aventajada estatura, y lo robusto y desarrollado de sus miembros representaban á un hombre: un casco de plata con arabescos de oro y esmaltes de colores cubria su cabeza: ceñía su pecho un coselete de Damasco, bajo una túnica corta de brocado, sujeta á la cintura bajo una faja de la India: en esta faja se veian atravesados un largo yatagan y un puñal; vestia calzas de grana, y ceñian sus pies borceguíes de cuero de Marruecos bordados de oro: por último, llevaba pendiente de su costado izquierdo una aljaba con flechas, y se apoyaba en un largo arco de acebo.
Este jóven á la luz de la luna relumbraba: parecia en aquel lugar tan ameno, tan fresco, tan lánguidamente sonoro, un antiguo caballero encantado por una hada celosa.
Sentado sobre la piedra, apoyado el estremo del arco en la arena, afirmada la mano en el arco y reposando la cabeza en el brazo, el mancebo estuvo mirando fijamente la blanca casita que entre los álamos y los cipreses se veia al otro lado del remanso al rayo de la luna.