Pasaron tres veces siete años.

Un dia Kaibar, cuyos instintos salvages no habia podido contrariar una escelente enseñanza, vagaba por las montañas de la Abisinia, desnudo, con el carcaj á la espalda, y en las manos el arco entezado.

Seguia á una corza, á quien seguia jadeante y cansado su corcillo.

Tendió el arco, é iba á disparar, cuando entre la inofensiva bestia y su cria se levantó una forma humana.

Era una muger negra, pero hermosa, como no habia visto otra Kaibar.

Vestia una túnica roja, y sobre sus cabellos negros y brillantes llevaba una diadema de corales.

—¿Quién eres? dijo Kaibar sintiéndose fascinado por primera vez por aquella imponente y negra belleza.

—Soy una sombra, dijo ella.

—¡Una sombra!

—Sí, la sombra de una muger.