—Silencio; dijo uno de los cuatro: me parece que oigo abrir recatadamente una puerta de la galería.

—Ocultémonos bien, y silencio.

No volvieron á hablar una sola palabra.


Una muger salió de la galería y adelantó hácia el ciprés con paso tímido é irresoluto.

Cuando se puso bajo la luz de la luna, brilló el brocado de su túnica, y brillaron las alhajas de que venia prendida.

Traia cubierto el semblante con el velo.

Adelantó hácia el ciprés, miró en torno suyo con anhelo; se sentó al pie del árbol sobre el césped, y se descubrió echándose atras el velo.

Era la sultana Zoraida.