Eran cuatro hombres envueltos en sus almaizares.

Hablaban de una manera contenida.

Se deslizaron siempre en la sombra hácia el ciprés, y se ocultaron detrás de él en una espesura de rosales.

El que hubiera estado junto á ellos habria podido oir el diálogo siguiente:

—¿Y estas seguro, primo Mahandin, de lo que nos has confiado?

—Esta mañana, antes de amanecer, uno de los guardas del jardin de Lindaraja vió salir de los baños a Zaruhlemal[137], contestó el preguntado.

—¡Ah! ¡la doncella favorita de la sultana! dijo otro.

—Con Zaruhlemal iba Aben-Ahmed. El guarda la oyó decir: Esta noche en Generalife, al pie del ciprés de Abul-Walid.

—¿Y no podrá ser que quien haya dado esa cita á Aben-Ahmed sea la misma Zaruhlemal?

—Aben-Ahmed no se hubiera espuesto por esa dama á escalar la Alhambra y á entrar en los baños del rey. No se hubiera pagado tan espléndidamente á los guardas para que se retirasen.