Era Aben-Ahmed.
Galan, hermoso, enamorado.
Pretendió huir aun, pero encontró ante sus pies de rodillas al abencerrage pálido y tembloroso.
Y sintió sus manos asidas por otras manos convulsas, y unos labios ardientes y trémulos que besaban con delirio sus manos.
—¡Oh! ¿qué haces? esclamó la sultana.
—Desfallecer de amor, alma de mi alma, contestó el abencerraje.
Zoraida cayó sin fuerzas, rendida por su amor sobre el césped que rodeaba al ciprés.
Y entonces, cuando los dos amantes solo tenian ojos y oidos para sí mismos, los cuatro hombres que estaban ocultos tras el ciprés en la espesura, se alejaron con paso silencioso, y se perdieron á lo largo de los jardines.
Y Aben-Ahmed, entretanto, permanecia á los pies de Zoraida, y la decia fuera de sí: