—¡Oh! ¡bendita sea la noche que envuelve en su silencio nuestro amor! ¡bendita sea la luna que alumbra tu hermosura!

¡Tu frente encendida por el rubor y la agitacion de tu seno, son voces mudas que pronuncia tu alma, y que me dicen: ¡yo te amo!

Alza los ojos gacela, y pon tu mirada de delicias en mi mirada.

Ellos son la lumbre de mi vida.

Su fulgor, el fulgor de la estrella esplendorosa de mi destino.

Callaba la sultana: callaba y temblaba.

Aben-Ahmed enloquecia con su hermosura, y esclamaba:

—Sultana del amor, flor de las flores, lucero de los luceros, hurí de las huríes, rosa del paraiso, la noche nos envuelve en su silencio: huyamos: huyamos lejos de ese rey miserable y cobarde y de la ruina de Granada: salvemos nuestro amor.

Yo tengo en Africa alcázares.

Yo tengo en aquellos alcázares tesoros.