Quédate á Dios, sultana.

Si al trasponer el sol del próximo dia, al aparecer en el oriente el lucero de la tarde, ves pasar por delante de él una nubecilla roja, ese será mi espíritu que esperará trémulo de amor una sola mirada de tus ojos.

Y trémulo, pálido como un cadáver, se levantó el abencerrage de los pies de la sultana.

—¡Morir! dijo Zoraida estremecida, arrastrada por la invencible fuerza de su amor; ¡morir tú! ¿y por qué?

—Lo que está escrito se cumplirá, dijo con desesperacion Aben-Ahmed; ¿acaso puedo yo vivir en las tinieblas de la desesperacion, sin tu amor?

¡Oh! yo no te conocia cuando vine de Africa con mi tribu.

¡Yo no sabia que la Alhambra habia de ser para mí, como un vaso de oro y rubíes lleno de falaz tósigo!

Y sin embargo, los sabios de mi patria me habian dicho:

«¡Adónde vas, caudillo?

Cuando el alcion de Africa tienda su vuelo al occidente;