¡Huye! ¡huye y sálvate! ¡que el sultan de Granada no pueda herirte!
Al escuchar el altivo acento de Zoraida, que habia logrado sobreponerse á su sueño, Aben-Ahmed se creyó humillado.
—¿Por qué me has llamado aquí en el silencio de una noche tranquila, sino me amas? esclamó: ¿por qué has venido sola á este apartado jardin donde todo convida al misterio y á los amores?
Si es que no te parezco bastante grande, yo lidiaré, y te lo repito, te conquistaré un trono, el trono de Damasco, y serás sultana del oriente y del occidente, desde el estrecho de Geb-al-Tarik, hasta las vastientes del Atlas y los linderos del gran Sahara.
—¡Oh! ¿qué dices? ¡aparta vasallo! ¡para ser sultana me basta un trono, para ser noble y leal á mi rey y a mi esposo, arde en mis venas la esclarecida sangre del sultan Ismail!
Aparta y vete.
La sultana ha venido aquí, te ha llamado aquí, para robar á tus insensatos amores la última esperanza: para apartarte de una horrible senda que solo conduce á un lago de sangre.
—Yo siento el buitre que se acerca, esclamó tristemente Aben-Ahmed.
Yo oigo en los aires lúgubres rumores.
Es Ariel[138], que bate sobre mí sus alas negras.