Los cuatro hombres salieron tras él y le rodearon.
Eran Mahomet Adel-Zegrí, Hamet-Zegrí, Mahandon-Gomel, y Mahandin, todos zegríes, todos enemigos de Aben-Ahmed.
Hamet-Zegrí se puso delante del rey.
—¿Adónde vas, señor? le dijo: si matamos á Aben-Ahmed aquí, en Generalife, entre los brazos de la sultana, su muerte será un aviso para los demas abencerrages, y todos deben morir, porque todos son traidores. La venganza, señor, es mas sabrosa cuanto mas se espera. No caiga uno solo, una cabeza es poco.
—Sí, dices bien; esclamó el rey con acento opaco: ¡todos!... ¡todos!...
Y luego en un momento de horrible decision, esclamó:
—Id mañana á la Alhambra acompañados de mi verdugo.
Y apartándose bruscamente de los cuatro zegríes, se perdió por la oscura galería del fondo del jardin.
Al terminarse la zambra en Generalife, los abencerrages recibieron una invitacion del rey que los convidaba para un sarao en el patio de los Leones.