Porque no podria sobrevivir á mi infamia.

Tras esta apasionada declaracion, la sultana calló, y doblegó su frente bajo el peso de la vergüenza.

Aben-Ahmed llegó á la atarvea, cortó algunas rosas blancas, las enlazó, y las puso, á manera de corona, sobre la frente de la sultana.

—¡Oh! esclamó: si no puedes, si no debes ser mia, guarda estas flores como el emblema de nuestros castos amores, y cuando estas rosas estén marchitas, acuérdate de que el corazon de Aben-Ahmed estará marchito tambien.

—¡Oh! esclamó Zoraida levantando hácia Aben-Ahmed sus ojos inundados de lágrimas: ¡Oh! ¡si estas rosas no estuvieran sobre la pesada corona que ha ceñido á mi frente Boabdil!

Apenas habia pronunciado la sultana estas palabras, cuando entre la espesura de rosales, situada detrás del ciprés, apareció bajo el rayo de la luna, un semblante pálido, convulso, horrible, que abarcaba en una mirada de muerte á los dos amantes.

¡Era el rey Boabdil!

Tras él, ocultos en la sombra, se veian cuatro hombres envueltos en alquiceles blancos.

Aben-Ahmed y Zoraida se alejaba, entretanto, á lo largo del jardin, y muy pronto se perdieron entre la espesura.

El rey saltó como un tigre de entre la enramada, con la mano puesta en su puñal y la sangrienta mirada fija en el lugar por donde habian desaparecido los amantes.