La cámara estaba velada por una media luz.

El resplandor del sol penetraba fatigado por los dobles trasparentes de la cúpula estrellada, produciendo sobre los muros un reflejo perdido y fatídico, y dejando en sombra á los alhamíes.

Nada se oia, mas que el paso acompasado de los esclavos que guardaban en las galerías del patio de los Leones las puertas de las cámaras.

Notábase en el semblante del rey la impaciencia con que media el tiempo.

Sus miradas crueles, reconcentradas, pasaban tan pronto de la puerta de la cámara al tapiz rojo que cubria el alhamí del frente, como de este tapiz á la taza de mármol situada en el centro del pavimento.

Llegó al fin un punto en que el semblante del rey se dilató.

Habian resonado pasos en las galerías del patio de los Leones.

Los pasos se acercaron.

El tapiz de brocado rojo que cubria el magnífico arco de entrada de la cámara se levantó y apareció un hombre.

Era el abencerrage Aben-Ahmed.