Venia magníficamente vestido, y delante de su hermoso rostro parecia flotar una nube de tristeza.
Adelantó hácia el rey y dijo inclinándose profundamente:
—Allah te guarde y te prospere, magnífico sultan: ¿qué quieres de tu siervo?
Boabdil no contestó al abencerrage.
Se levantó y atravesó lentamente la cámara, llegó al alhamí del frente, levantó un tanto el tapiz rojo, miró al fondo; vió entre la oscuridad una sombra informe, y sonrió, con la espalda vuelta al abencerrage, de una manera horrorosa.
Luego, compuesto ya el semblante, pasó por delante de Aben-Ahmed, que miraba con recelo lo que el rey hacia, y levantó el tapiz de la puerta de entrada.
En aquel momento Mahandon-Gomel estendia en las galerias del patio de los Leones, feroces esclavos negros de la guarda del rey, armados hasta los dientes.
Boabdil dejó caer el tapiz, reconoció bajo sus ropas con su mano trémula su cota de mallas, probó si su puñal salia con facilidad de la vaina, y despues de esto volvió con paso lento al divan que habia dejado, y se sentó en él.
Aben-Ahmed adivinó un peligro, y un peligro inminente y terrible.
Pero era bravo y sereno, y ni un solo músculo de su semblante se contrajo.