Aben-Ahmed, perdido enteramente el recelo, desnudó la espada y la entregó al rey.

El rey ponderó el temple de la hoja y lo primoroso de sus labores.

Despues refiriéndose á la batalla del dia anterior, elogió el valor de Aben-Ahmed, y como premio de aquel valor le abrazó.

Ni halló loriga ni jacerina bajo las ropas del abencerrage.

Solo llevaba sedas y brocados.

Cuando Aben-Ahmed estaba completamente desarmado, el rey le dijo:

—Tú eres africano: tú habrás pasado muchas noches á la luz de las estrellas, y habrás consultado á los sabios; tú habrás oido á los xeques de tu tribu contar terribles historias durante las largas noches de invierno; pero jamás habrá sonado en tus oidos una tan terrible como la que vas á oir de boca de tu rey.

Aben-Ahmed tembló de una manera involuntaria.

Un presentimiento frio, lúgubre habia penetrado en su alma.

—Es una historia triste para uno: bella para dos: es una historia que un rey ofendido de una sultana miserable, y de un esclavo infame: una hermosa historia, por Allah.