Cinco hombres salieron de detrás de él.
Los cuatro eran los zegríes acusadores.
El otro el verdugo del rey.
Un feroz esclavo desnudo hasta la cintura, rodeado á la frente un cendal rojo, y ceñido un ancho y corvo alfange.
Aben-Ahmed cerró involuntariamente los ojos á impulsos del horror.
Boabdil asió al abencerraje por la aljuba, y le arrastró junto á sí.
Sus ojos centelleaban.
Sus megillas estaban pálidas, y cárdenos y convulsos sus labios.
Su ronca voz era semejante al rugido de un tigre.
—¡Conoces mi historia! dijo á Aben-Ahmed; pero aun no sabes los nombres.