—Miente el traidor que tal haya dicho; esclamó sin poderse contener Aben-Ahmed; la sultana es mas pura, que infame la calumnia de sus acusadores.

—¡Ah! ¿conocias á esa sultana? dijo friamente Boabdil: pues bien... escucha; aun queda lo mejor de la historia...

«El rey vió tambien lo que los otros habian visto.

Vió el semblante de los culpables al rayo de la luna, y pudo haberlos castigado allí.

Pero no bastaba á su venganza aquella poca sangre impura.

Necesitaba verterla á torrentes, porque aquel rey era cruel, muy cruel en sus venganzas.»

Al llegar el rey á este punto, sus ojos se dilataron como los de la fiera que acorrala á una presa.

Aben-Ahmed vió sangre en la mirada del rey, se encontró desarmado, y dominado por su terror pretendió lanzarse fuera de la cámara.

Pero al levantar el tapiz, vió por fuera una doble fila de esclavos africanos.

Retrocedió, y olvidando que la cámara no tenia otra salida, se lanzó al alhamí cubierto por el tapiz.