Y todo parecia sonreir al rey.
Y pasaron muchas lunas, y la sultana le dió hijos.
Pero llegó un dia fatal en que un walí de Africa, cabeza de una tribu, un mancebo de sangre real como tú, valiente como tú, como tú hermoso, y como tú rico y afortunado, vino de regiones apartadas cabalgando delante de su escuadron de lanzas á servir á aquel rey que estaba en guerra con un enemigo poderoso.
Y el walí africano y la sultana se conocieron.
Mas que no se amaron.
Y la vil muger, manchó entre un vergonzoso misterio la honra de su esposo.»
El rey se detuvo.
Aben-Ahmed temblaba por Zoraida.
El rey continuó:
—«Una noche... noche de fiesta... cuatro leales vasallos de aquel rey, encontraron en el apartamiento mas sombrio de su jardin en uno de los alcázares del rey, á la sultana en los brazos del walí.»