Buscaré entre las princesas de mi reino ó de regiones distantes, una muger hermosa, amante, de ojos brilladores, y frente pura que no empalidezca bajo el brillo de la corona.
Y así no estaré solo y abandonado.
Y buscó y encontró.
Y á mano, á fe; dentro de su misma tribu, en su misma familia, casi en su alcázar.
Y ella, la que debia ser sultana, escuchó ruborosa al anciano wazir que en nombre del rey la requirió para que fuese sultana, y aceptó.
Todo cambió.
Pareció que el casamiento del rey y de la princesa habia sido una evocacion mágica.
Porque despertaron de su inercia damas y caballeros, se prendieron las unas sus velos, y dejaron los otros sus arneses de batalla.
Y hubo toros y zambras, y se corrieron sortijas y cañas.
Y hubo fiestas magníficas que duraron muchos dias.