Los abencerrages, recogiendo sus tesoros, y llevando consigo sus mugeres y sus familias, salieron de Granada; los unos desesperados á servir contra Granada bajo la bandera de los Reyes Católicos, y los otros, fieles á su religion, á su patria y á su nombre de caballeros, pasaron á Africa, de donde, siete siglos antes, habian venido sus abuelos para conquistar las tierras de occidente, llevando consigo los restos del desventurado Aben-Ahmed, que fué sepultado á la sombra de una palmera en el suelo de su patria.


Desde aquel terrible dia, la cámara de los Leones, en memoria del asesinato, se llama Sala de los Abencerrages, y aun se muestran al viajero sobre el mármol de su fuente y de su pavimento, las manchas rojas que se dice son producidas por la sangre de aquellos valientes caballeros.

XVI.
EL JUICIO DE DIOS.

Habia pasado una luna desde el dia en que la cámara de los Leones se manchó de una manera indeleble con la sangre de los abencerrages.

Era una noche oscura.

El Real de los Reyes Católicos, la ciudad de Santa Fé, dormia confiada su seguridad á la vigilancia de los atalayas y de los escuchas.

Los caballeros continuos armados de guerra hacian su guarda en las tiendas de los reyes, y mas allá todo era silencio y soledad.

Pero de improviso, en una de las calles del Real, resonaron callados pasos y son de cabalgaduras.

Cuatro sombras, llevando caballos del diestro, se deslizaron á lo largo de la calle en direccion á la puerta del Real que miraba á Granada.