Que la sultana estaba presa en la torre de Comares de la Alhambra, esperando su salvacion y su honra del juicio de Dios, en la prueba del duelo.
Y que el plazo terminaba aquel dia que ya habia amanecido.
—Si sois caballeros, continuó; pues veis que una dama pone en grave riesgo su honra, yendo á entrar en un campo enemigo, hacedme la merced de llevar sin perder un instante esta carta y entregarla á aquel para quien es, y que Dios os juzgue, caballeros, tal como cumplais con un encargo en que se arriesgan la honra y la vida de una sultana.
Tomó la carta don Juan Chacon, rompió los hilos del sello de oro y la desenrolló.
—¿Qué haces, cristiano? esclamó con acento de reconvencion la mora.
—Si á don Juan Chacon es á quien va dirigida esta carta, señora, permite á don Juan Chacon, que está en tu presencia, bese tu mano, en albricias de la honra que le hace amparándose de él una señora tal como la sultana de Granada.
Y tomó la hermosa y blanca mano de Zaruhyemal y la besó, no sin que lo encendido de la vergüenza colorease las megillas de la mora.
Despues leyó á sus compañeros en alta voz la carta, que decia de esta manera:
«A tí, don Juan Chacon, señor de Cartagena, la sultana Zoraida te saluda y desea prosperidad.
»Tu clara valentía brilla lejos de tí, como el sol en los lejanos montes.