Don Juan Chacon desmontó, cortó á Mahandin la cabeza, la llevó al cadalso de la sultana y la puso junto á la de Mohamet-Zegrí.
Un silencio de horror dominaba en el estenso palenque.
Por órden de Muza, esclavos con antorchas encendidas rodeaban á los combatientes alumbrándolos.
Aquello tenia un aspecto terriblemente fantástico.
Don Juan Chacon montó de nuevo á caballo y fué á situarse junto á la valla, al lado del Alcaide de los Donceles.
Solo rompian el lúgubre silencio el estruendo del combate de los cuatro caballeros y los alaridos de los parientes de los dos zegríes cuyas cabezas lívidas y ensangrentadas estaban á los pies de Zoraida.
Hicieron los jueces salir de la plaza á aquellas gentes para que no desalentasen con sus quejas á los caballeros que lidiaban, y luego solo se escuchó el áspero ruido de los golpes del combate.
Don Manuel Ponce de Leon, y don Alonso de Aguilar sintieron una generosa envidia al ver que sus compañeros habian fenescido sus armas con tanta prez, como se decia entonces, y arremetieron con nuevo furor á los moros.
El primero y Hamet-Zegrí habian tomado lanzas nuevas, y justaban como en torneo, entrando y saliendo en liza con gran bizarría y corage.
Parecia, á pesar de hacer ya gran tiempo que lidiaban, que no se habian tocado á los arneses, y sin embargo, crugian las adargas y recejaban los caballos, no siendo bastantes á sostener los poderosos golpes.